"Mientras en el Golfo de México casi 5 millones de barriles de crudo, según los científicos, han salido a la superficie de forma incontrolada, en el mayor derrame no intencional de petróleo de la historia, en Ecuador, el pasado 2 de agosto se firmó un fideicomiso entre el gobierno ecuatoriano y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), como primer paso, fundamental, para dejar bajo tierra –sin posibilidad de escapes, de contaminación de ríos y cielos, de esclavizajes empresariales, sin oleoductos fragmentando territorios, sin chimeneas apuntando al corazón, etcétera– 850 millones de barriles de petróleo....Cuando Yasunizar aparezca en los diccionarios, hará referencia etimológica al pueblo huaraní que habita la región, ya que como ellos y ellas dicen, viven en las sociedades de la abunadancia, pues producen lo mínimo suficiente para satisfacer sus necesidades:
Yasunizar, expresión que marca una avance evolutivo de toda una sociedad en pos de su sostenibilidad.
Yasunizar, se aplica a aquellas acciones valientes, construídas desde penamientos libres, que no se dejan contaminar.
Yasunizar, ofrecer un cambio de paradigma real y posible."
Extraído de: Conjugar un nuevo verbo de Gustavo Duch... http://gustavoduch.wordpress.com/2010/09/23/conjugar-un-nuevo-verbo/
Estoy cansada de tanto nadar, y vengo aquí, a tierra firme, como única espectadora, de los latidos quebrados, de la impaciencia, de la falta de respuestas y del vómito lacerante que dejan las preguntas abiertas. Voy a donde puedo salvarme, hago lo que puedo y por ahora me quedaré aquí, donde el espacio nítido es inundado por los sonidos de este teclado, donde mis ojos ven aparecer mis pensamientos, donde mi voz suena en mi interior. Me secaré del cuerpo las gotas que aún quedan, los remanentes de tu nombre, sabré pronunciarte mientras sonrío bebiendo el olvido.
Escuchaba su corazón y fingía tenerle gusto, sin embargo escondía su cara de la despedida, hubiera deseado que su autobús partiera sin ella, de quedarse el boleto en la mano y tomar un decisión atrevida, casi impensable para su circunstancia. Sin embargo, el autobús llegaba con el letrero muy claro, “Santiago”, tuvo que levantar el rostro y mostrar una sonrisa forzada, como esas sonrisas que sorprenden al espejo cuando se intentan ensayar.
Subía los escalones, con los ojos cegados por lágrimas, ya no importaba que la gente que observaba su despedida se diera cuenta del dolor que jalaba en una maleta con ruedas, intentó localizar su lugar rápidamente, para observar desde la ventana, el clásico saludo al aire, y tomar de las esporas de la despedida lo más dulce para guardarlo en su memoria, pero su asiento no era el indicado para hacer eso, una señora que comía apresurada, le estorbaba el camino. Sin embargo, intentó ver al exterior y la figura de él ya no permanecía, se había esfumado con el humo del tabaco que había encendido antes de llegar a la estación.
Amiga,un día olvida el teléfono, verás que no sucede nada.
Me acuerdo muy bien, como entré a la tienda y vi el mostrador vacío, Aná (como había bautizado a la chava que siempre me atendía) no estaba. Toqué tres veces el refrigerador de las carnes frías, con la misma moneda con la que iba a pagar, y nadie respondió. Me impacienté un poco por la música que salía de la habitación de la bodega, pensé que era demasiado alta para escuchar mis primeros toques, así que lo volví a intentar, pero esta vez más fuerte. Por fin bajaba un poco el sonido de la música, pero nadie salió, ella se habían dado cuenta de que alguien esperaba en el mostrador, segundos después saldría Ana, con la nariz roja y los ojos hinchados de llorar, todavía se secaba las lágrimas con un poco de vergüenza o quizá el suficiente disimulo para decirme que me fuera, aún así me atreví a pedir el medio kilo de huevo por el que iba. Sin rostro alguno, Ana se giró hacia el huevo, lo puso con cuidado en la báscula y comenzó a pesar, faltaba un poco y puso los dos que llevaba en la mano, sobrepasando los 500 kilogramos, retiró uno dejándolo casi en el peso correcto. Tomó la bolsa e hizo un pequeño amarre, mientras su nariz contenía la mucosa a punto de resbalar. Me extendía la bolsa con su mano derecha al tiempo en que se secaba con la izquierda los mocos que se habían resistido a la succión.
Sentí vergüenza por haberla hecho salir, puesto que la música que se repetía desde dentro una y otra vez, “Ya me canso, de llorar y no amanece” había delatado el origen de su dolor. Ana resbaló hasta su silla y de sus grandes ojos, dos lágrimas saltaron, mi hermanita que me acompañaba tal vez no se había dado cuenta de nada, a los seis años lo único que esperas de ir a la tienda es que te compren algo, lo que sea! Pero uno con sus nueve años, tal vez no sepa mucho de amores, pero si sabes quién te quiere y quién no, era casi un hecho que ha Ana ya no la querían más; le extendí la moneda, me cobró en automático $6.50 y me dio un dulce para Vian. Mis ojos silenciosos la miraron todo el tiempo, siguiendo sus movimientos, y hasta el final solo pude decir…gracias. Salí de la tiendita y me dije “yo nunca seré Ana”.
Años después entendí que Ana no lloraba porque no la querían, sino que ella seguía amando demasiado. No le fue sencillo, hacer su maleta darse un giro, cerrar la puerta de la tienda y dar pasos contundentes, sin mirar atrás, porque eso nunca ha sido sencillo; su amor se había ido, ella no. Ana estaba sentada viendo cerrar la puerta y escuchar como las pisadas sin fuerza se alejaban con un tanto de prisa.
Cuántas veces he sido Ana, casi desde que empecé a amar pero también he sido el amor fugitivo, el que viene y se va. Lo que entendí en todas estas idas y vueltas, es que el amor no es una disyuntiva, nunca lo ha sido y nos lo hemos planteado así, pero no. El amor simplemente ES, lo que surge después, ESO que llega para nublarnos la mente y viene siempre sobrando, no es amor. Seguramente Ana sufrió muchísimo más, cuando los intentos por retomar su amor se volvieron fallidos, así como nos ha sucedido a la mayoría, que ha experimentado el vaivén de no querer dejar morir, ESO que está completamente helado.
La prolongación de estos sentimientos locos de atar, es el peor de los infiernos en el que nos podemos encontrar, siendo que hay otro camino: El de liberar, soltar, dejar ir, dejar pasar, el de simplemente ser libres. Cuando alguien te ha dejado de reconocer como su otro igual, es el momento de no terminar en una agreste violencia, sino decir las palabras necesarias, “Ya no te amo”. Y dejar la esclavitud de las llamadas que no llegan, de los mensajes fantasmas, de las entradas en falso a toda la comunicación del internet. Dejar de revisar todo esto cada cinco o diez minutos porque quizá está ahí pero no te diste cuenta, cuando volteabas por la ventana para saber si es que está en la calle, esperando tu salida. No, eso no sucede porque es pura imaginación, de lo más vaga y esperanzadora.
Que no te importe más el dinero, sino que tu verdadera felicidad.