Estoy cansada de tanto nadar, y vengo aquí, a tierra firme, como única espectadora, de los latidos quebrados, de la impaciencia, de la falta de respuestas y del vómito lacerante que dejan las preguntas abiertas. Voy a donde puedo salvarme, hago lo que puedo y por ahora me quedaré aquí, donde el espacio nítido es inundado por los sonidos de este teclado, donde mis ojos ven aparecer mis pensamientos, donde mi voz suena en mi interior. Me secaré del cuerpo las gotas que aún quedan, los remanentes de tu nombre, sabré pronunciarte mientras sonrío bebiendo el olvido.

Escuchaba su corazón y fingía tenerle gusto, sin embargo escondía su cara de la despedida, hubiera deseado que su autobús partiera sin ella, de quedarse el boleto en la mano y tomar un decisión atrevida, casi impensable para su circunstancia. Sin embargo, el autobús llegaba con el letrero muy claro, “Santiago”, tuvo que levantar el rostro y mostrar una sonrisa forzada, como esas sonrisas que sorprenden al espejo cuando se intentan ensayar.

Subía los escalones, con los ojos cegados por lágrimas, ya no importaba que la gente que observaba su despedida se diera cuenta del dolor que jalaba en una maleta con ruedas, intentó localizar su lugar rápidamente, para observar desde la ventana, el clásico saludo al aire, y tomar de las esporas de la despedida lo más dulce para guardarlo en su memoria, pero su asiento no era el indicado para hacer eso, una señora que comía apresurada, le estorbaba el camino. Sin embargo, intentó ver al exterior y la figura de él ya no permanecía, se había esfumado con el humo del tabaco que había encendido antes de llegar a la estación.

Nunca supo describir el camino entre Valparaíso y Santiago, ahora estaba de regreso y el cansancio emocional había llegado a tope, pensaba en el comienzo del día, en la noche anterior……iras describiendo todo esto, para terminar con la caminata que hiciste del metro revolución hasta toesca 23357 donde el resto de tu equipaje te aguardaba para regresar al país que no volviste a mirar igual

A quién amar en temporada de sequía?

[06:34:23 PM] Tavake: Hoy tuve que llegar en taxi caray!!
[06:34:56 PM] Tavake: me atonté cañonamente o no, realmente aquí si aplica me acaspe
[06:37:37 PM] Tavake: y por cosas mínimas se me hizo super tarde, pero no me importaba tanto llegar tarde por 20 minutos, sino que al partido de mexico iba a llegar 20 min despues, y dije no! ni pedo, taxi, tengo que llegar lo mas pronto posible
[06:38:43 PM] Tavake: me dice mi hermana, te llevo a la 11sur y ahi tomas taxi, le digo que si, siendo y sintiendo que en el fondo, esa no era la mejor opcion, por semaforos, paradas de camion etc... y utaaa le digo que si
[06:39:26 PM] Tavake: total, para poder cruzar una calle, me costó 3 semaforos, porque ningun culey te da el paso peatonal
[06:39:59 PM] Tavake: y bueno, me cruzo, la calle y logro tomar un taxi a las 9:50
[06:40:14 PM] Tavake: y cuando me subo al taxi! wow!
[06:40:44 PM] Tavake: un don con su pantallita, super pantaillita, buen sonido, para ver el partido
[06:41:25 PM] Tavake: y todavía wow, como vio que me intersaba, le quitó la parte del respaldo que corresponde a la nuca
[06:41:32 PM] Tavake: para que pudiera ver totalmente bien
[06:42:05 PM] Tavake: jajajaja, pues ya no importandome que si iba a llegar tarde
[06:42:14 PM] Tavake: o no
[06:42:15 PM] Tavake: jajajajaja
[06:42:35 PM] Tavake: yo estaba siendo llevada a mi casa con atencion de reina y viendo el mundial, jajajajaja
[06:42:47 PM] Tavake: ha sido la mejor historai de taxi que he tenido
[06:42:59 PM] Tavake: está lleno de detalles a mi al rededor
[06:43:11 PM] Tavake: hasta sabores a manzana

Amiga,un día olvida el teléfono, verás que no sucede nada.


Me acuerdo muy bien, como entré a la tienda y vi el mostrador vacío, Aná (como había bautizado a la chava que siempre me atendía) no estaba. Toqué tres veces el refrigerador de las carnes frías, con la misma moneda con la que iba a pagar, y nadie respondió. Me impacienté un poco por la música que salía de la habitación de la bodega, pensé que era demasiado alta para escuchar mis primeros toques, así que lo volví a intentar, pero esta vez más fuerte. Por fin bajaba un poco el sonido de la música, pero nadie salió, ella se habían dado cuenta de que alguien esperaba en el mostrador, segundos después saldría Ana, con la nariz roja y los ojos hinchados de llorar, todavía se secaba las lágrimas con un poco de vergüenza o quizá el suficiente disimulo para decirme que me fuera, aún así me atreví a pedir el medio kilo de huevo por el que iba. Sin rostro alguno, Ana se giró hacia el huevo, lo puso con cuidado en la báscula y comenzó a pesar, faltaba un poco y puso los dos que llevaba en la mano, sobrepasando los 500 kilogramos, retiró uno dejándolo casi en el peso correcto. Tomó la bolsa e hizo un pequeño amarre, mientras su nariz contenía la mucosa a punto de resbalar. Me extendía la bolsa con su mano derecha al tiempo en que se secaba con la izquierda los mocos que se habían resistido a la succión.

Sentí vergüenza por haberla hecho salir, puesto que la música que se repetía desde dentro una y otra vez, “Ya me canso, de llorar y no amanece” había delatado el origen de su dolor. Ana resbaló hasta su silla y de sus grandes ojos, dos lágrimas saltaron, mi hermanita que me acompañaba tal vez no se había dado cuenta de nada, a los seis años lo único que esperas de ir a la tienda es que te compren algo, lo que sea! Pero uno con sus nueve años, tal vez no sepa mucho de amores, pero si sabes quién te quiere y quién no, era casi un hecho que ha Ana ya no la querían más; le extendí la moneda, me cobró en automático $6.50 y me dio un dulce para Vian. Mis ojos silenciosos la miraron todo el tiempo, siguiendo sus movimientos, y hasta el final solo pude decir…gracias. Salí de la tiendita y me dije “yo nunca seré Ana”.

Años después entendí que Ana no lloraba porque no la querían, sino que ella seguía amando demasiado. No le fue sencillo, hacer su maleta darse un giro, cerrar la puerta de la tienda y dar pasos contundentes, sin mirar atrás, porque eso nunca ha sido sencillo; su amor se había ido, ella no. Ana estaba sentada viendo cerrar la puerta y escuchar como las pisadas sin fuerza se alejaban con un tanto de prisa.

Cuántas veces he sido Ana, casi desde que empecé a amar pero también he sido el amor fugitivo, el que viene y se va. Lo que entendí en todas estas idas y vueltas, es que el amor no es una disyuntiva, nunca lo ha sido y nos lo hemos planteado así, pero no. El amor simplemente ES, lo que surge después, ESO que llega para nublarnos la mente y viene siempre sobrando, no es amor. Seguramente Ana sufrió muchísimo más, cuando los intentos por retomar su amor se volvieron fallidos, así como nos ha sucedido a la mayoría, que ha experimentado el vaivén de no querer dejar morir, ESO que está completamente helado.

La prolongación de estos sentimientos locos de atar, es el peor de los infiernos en el que nos podemos encontrar, siendo que hay otro camino: El de liberar, soltar, dejar ir, dejar pasar, el de simplemente ser libres. Cuando alguien te ha dejado de reconocer como su otro igual, es el momento de no terminar en una agreste violencia, sino decir las palabras necesarias, “Ya no te amo”. Y dejar la esclavitud de las llamadas que no llegan, de los mensajes fantasmas, de las entradas en falso a toda la comunicación del internet. Dejar de revisar todo esto cada cinco o diez minutos porque quizá está ahí pero no te diste cuenta, cuando volteabas por la ventana para saber si es que está en la calle, esperando tu salida. No, eso no sucede porque es pura imaginación, de lo más vaga y esperanzadora.

Pretender que no duele una separación, también es parte de no liberar. Porque duele y mucho, lo que se necesita es llorarlo todo pero llorarlo bien, como dice Benedetti, desgarrando lagrima por lagrima, para guardarla en el rincón de los recuerdos, pero no en el del olvido. Desamarrar el nudo en la boca, berreando hasta babear. Tal vez por esa razón, Ana, aquella noche no pretendía cerrar la tienda y marcharse, sino llorar con ruido y no en silencio, pero lo más seguro es que el sentimiento le llegó antes de que pudiera cerrara la puerta y apagar la luz.

Que no te importe más el dinero, sino que tu verdadera felicidad.

Todo comenzó caminando sobre la 43 poniente esquina 11 Sur, en la noche temprana de uno de los inviernos más fríos en la memoria de mi piel de fugitivos 28 años. Tenía que caminar aproximadamente diez calles para llegar a mi estudio de danza; eran calles con la magia de parecer una sola, con un ritmo de semáforos en verdes perfectamente sincronizados, esquinas adornadas con ambulantes de flores con aroma de rosa fresca y siempre viva, las banquetas se extienden con una pendiente natural que hace que el paso sea ligero y un tanto apresurado, tal vez por su orientación hacia los volcanes, hay constantes ráfagas de aire que hacen remolinillos en las banquetas, levantando consigo la escasa basura que hay, desplegando un telón de color sepia a su alrededor. Se puede decir que es una calle alegre y muy pacífica, lo único que le faltaría para hacerla perfecta, serían unos carriles exclusivos de bicicletas, para ir saludando a la gente que prefiere caminar.

Ese era mi trayecto, donde cosas interesantes y de muy poca explicación, me sucedieron. Primero fue una niña, de aproximadamente ocho años, vestida sencillamente y con una sonrisa muy bonita, morena rosada, comenzó a caminar junto a mí en el semáforo de la 9 sur, primero me observó y lo que más le llamó la atención fue el libro que llevaba bajo el brazo, in a cold blood de Truman Capote, despertando del todo su curiosidad, para abordarme con una pregunta simple: ¿sabes hablar ingles? A lo que respondí que más o menos, que lo intentaba pero que no me iba tan mal, con mi respuesta, habíamos roto el hielo, me habló de su deseo de aprender, de leer realmente pocos libros pero si muchas revistas, para regresar al punto del idioma, le preocupaba un tanto no poder aprenderlo, asi que le ofrecí mi ayuda como tutora y guiarla en lo poco que sabía, pero no quiso, supuso que nos volveríamos a ver y que no tenía como comunicarse, pero que lo agradecía. En ese momento, saqué un pequeño perfume de muestra que llevo siempre en mi maleta de danza, y se lo regalé, quería que de alguna forma se animara para seguir tan inquieta e inteligente desperdigando su felicidad convertida en luz rosa. Su rostro tuvo un gesto como de pregunta pero no pronunció palabra, le dije que se lo regalaba para que lo usara cuando quisiera. Lo vio detenidamente durante unos segundos y con la risa pegada al cielo, se despidió. Lo que restó del trayecto fue muy poco para salir de la calle feliz, quizá una cuadra para entrar al caos que genera la intersección de dos grandes boulevares, sin embargo, mi felicidad había aumentado imprevisiblemente, me sentía recargada y plena, en paz con todo lo que me rodeaba en ese momento.

Pasó el tiempo y seguí haciendo el mismo recorrido, a la misma hora y durante estaciones diferentes, hasta que llegó otro invierno. Estaba por cruzar la calle, donde se levanta el edificio gris nuevo pero abandonado, cuando al extremo contrario visualicé a un hombre de aproximadamente 75 años, supuse que me preguntaría, quizá alguna dirección, puesto que tenía el aspecto como de estar esperando a alguien. Cuando crucé por completo, el anciano que me miraba desde la otra acera, juntó sus talones chocándolos al tiempo que erguía su cuerpo y llevaba la mano derecha a un costado de su ceja, acto seguido dibujé una sonrisa ante tan extraño saludo, hubiera continuado mi camino de no ser por su voz suave y casi invisible que me detuvo al presentarse como el gallo giro, le contesté con una sonrisa y pronuncié mi nombre, Elizabeth. Estrechamos las manos con cierto reconocimiento ancestral, y su piel cálida y suave contrastó con la fuerza de mi mano fría. El gallo giro me cantaría una estrofa de alguna canción que no recuerdo por la inentendible voz que hay detrás de 75 años. Cuando terminó, solo pude despedirme y retomar el camino a paso apresurado, el se quedaría parado en esa esquina viendo mi retirada, y con la fuerza que sobra en los pulmones, me gritó: Nunca te olvidaré, enseguida escuchó que yo lo recordaría siempre. Sonriente me fui sin mirar atrás. De pronto el corazón me palpitó de manera extraña y el calor que había recibido al estrechar las manos se había alojado en la palma de mi mano, quizá en alguna otra vida… y hasta ahora pude escuchar lo que en tiempos antiguos no pudimos pronunciar. Aún siento su calor y en mi corazón hay un pequeño dolor por haberme ido sin averiguar más, Ojalá algún día yo pueda decirle que desde ese momento lo extrañaría a paso doble y sin retumbo.

Esto sucede en los días con sorpresa disfrazados de smog, que se descubren solo cuando estamos decididos a vivir mirando los detalles que nos rodean y eso hice después de caminar.

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